Esta semana circuló un tuit que resume a Albert Hirschman: un país no se desarrolla por lo que exporta, sino por los encadenamientos que ese sector genera hacia atrás y hacia adelante. Un sector que no tira de la cadena no es un motor, es un enclave. Y eso, remata, es lo que estamos construyendo: un enclave exportador rodeado de fábricas paradas.
El cerdo es el caso opuesto, y por eso sirve. Un criadero es quizás la actividad del campo que más tira de otras: transforma maíz y soja en origen (alrededor de tres kilos de alimento por kilo de capón) y demanda genética, sanidad, galpones, fletes, frigoríficos y chacinados. Todo en el interior, no en un puerto.
Los números que se celebran son reales. Según la SAGYP y Pormag, entre enero y agosto la producción llegó a 592.046 toneladas, 12,4 por ciento más que un año atrás, y el consumo a 20,36 kilos por habitante. Por eso hay que conceder algo de entrada: no es cierto que lo que comemos venga de Brasil. Lo importado representa entre el 6,2 por ciento del consumo aparente (Ieral) y el 10,5 por ciento (Pormag).
El problema no es cuánto entra sino qué hace lo que entra. En una feria alcanza con que un puesto venda el tomate a mitad de precio para que todos los demás tengan que bajar el suyo. Según el Ieral, el capón brasileño cayó de 1,46 a 0,89 dólares por kilo vivo entre enero y agosto, y Brasil nos envió 41,4 mil toneladas, más de siete veces el volumen de 2024. El propio Ieral advierte que esa oferta funciona como referencia para frigoríficos y cadenas. La tonelada que entra no desplaza kilos: desplaza precios.
Existe una objeción seria: el Ieral calcula un margen positivo para la granja de eficiencia media. Pero el mismo informe atribuye la contención de costos a los granos baratos. El margen de hoy lo presta el maíz, no lo paga el capón. El costo sigue al grano internacional y el ingreso queda topeado por el ciclo brasileño. Cuando el maíz suba, el techo seguirá ahí.
Y acá está el nudo hirschmaniano. Los eslabonamientos no se miden en toneladas sino en decisiones de inversión que el sector provoca. Una granja tarda más de un año y medio en dar su primer capón y se paga en una década. Nadie la construye mirando el consumo per cápita: la construye mirando el precio esperado. Si el techo de ese precio depende del sobrante de un vecino mucho más grande, la decisión deja de tomarse acá. El récord se come acá, pero la señal para invertir la manda otro país.
El tuit enumera un enclave exportador y unas fábricas paradas como si convivieran. Hay algo que los une: el tipo de cambio. El Ieral ubica el capón argentino 62 por ciento por encima del brasileño, pero esa brecha no mide ineficiencia de la granja, sino el derrumbe brasileño sumado a un peso apreciado por los dólares del petróleo y la minería. Es la estructura productiva desequilibrada que describió Diamand en 1972. El enclave no está rodeado de fábricas paradas por casualidad: las financia.
Esos mismos plazos explican el ciclo del cerdo, que en la producción confinada no se mueve reteniendo madres sino con obra. Ampliar una granja exige sumar superficie e instalaciones, incorporar reproductoras y recién después recorrer los casi cuatro meses de gestación, la lactancia, la recría y la terminación. Cuando el precio acompaña, varias empresas deciden ampliar al mismo tiempo; un año y medio después la nueva capacidad entra en producción casi junta, la oferta salta y el precio cae. Y como los galpones y las instalaciones no se desarman, la oferta tarda en achicarse: la fase baja se estira hasta que el precio deja de cubrir el costo de los menos eficientes. Cada empresa decide bien con la información que tiene. El problema es que todas deciden lo mismo al mismo tiempo.
Brasil está hoy en la fase baja de ese ciclo, y lo está a escala de potencia exportadora. Según el Cepea, en junio el precio del cerdo vivo encadenó su sexto mes consecutivo de caída, y el Ieral mide un derrumbe cercano al 40 por ciento entre enero y agosto. Al mismo tiempo, según la ABPA, Brasil cerró el primer semestre con el mayor volumen exportado de su historia, 794 mil toneladas. Exporta récord y aun así le sobra: su producción crece más rápido que lo que el mundo le compra a buen precio. En junio, sus envíos a Filipinas, su principal destino, cayeron 30 por ciento, y los dirigidos a China, 26 por ciento. Los enviados a la Argentina subieron 46 por ciento.

Ese es el punto. Cuando un mercado lejano se achica, el sobrante busca el más cercano y sin barreras, y en el Mercosur ese mercado somos nosotros. Brasil no nos vende su cerdo en su mejor momento. Nos lo vende en el peor, y a precio de liquidación. Brasil no nos exporta cerdo: nos exporta su ciclo.
Para el productor argentino, eso significa cargar con dos ciclos a la vez: el propio y el del vecino, que no coinciden ni tienen por qué coincidir. Y la asimetría es completa. Mientras Brasil está en baja, su sobrante topea el precio acá. Cuando su ciclo dé la vuelta y el capón brasileño suba, ese flujo se cortará solo, y el mercado argentino va a necesitar una oferta local que no se construyó, porque durante la fase baja nadie invirtió. La importación barata de hoy puede ser la escasez cara de mañana. Brasil no es el villano: produce más de lo que vende y coloca el sobrante donde puede. Pero en una integración sin aranceles y sin ninguna coordinación de ciclos, el productor grande exporta su fase baja y el chico la absorbe.
La salida tampoco es encarecer la góndola. Hay herramientas que no tocan el bolsillo del consumidor. Son jurídicamente sólidas el Compre Argentino de la Ley 27.437 aplicado a las compras públicas de alimentos, la publicación semanal de las importaciones por posición arancelaria, el pedido al Senasa, por la Ley 27.275, de los requisitos sanitarios que aplica a lo importado, y los contratos de abastecimiento con fórmula de costo entre productores y frigoríficos.
El rotulado de origen del corte fresco es defendible si se diseña sin trato discriminatorio. Una investigación antidumping es posible aun dentro del Mercosur (el antecedente es el pollo brasileño en 2000, que la OMC objetó en 2003), pero con el precio interno de Brasil también en caída el dumping es difícil de probar: funciona como palanca de negociación. Los cupos y las licencias no automáticas sólo sirven como amenaza en una mesa bilateral.
No hace falta exportar para ser enclave. Alcanza con que el sector que podría tirar de toda la cadena pierda la capacidad de decidir su propia inversión.
Un récord de consumo con la inversión decidida afuera no es un motor: es un mostrador. Y un país que sólo pone la mesa no tiene un sector: tiene una clientela.
Alejandro Di Palma, Miembro de Capemppor
(Esta nota se firma a título exclusivamente personal. No expresa la posición de Capemppor ni compromete a sus socios)















